Divining Destiny
Six weeks after receiving a grant from the Ford Foundation, Circle of Blue premiered a pilot of the core Circle of Blue concept on March 20, 2006, during the Fourth World Water Forum in Mexico City. Newsweek's Latin America bureau chief and a top Getty photographer from South Africa were among the team that produced the content seen here, including a a 13-minute video documentary, a soft-cover publication of an essay with photos on the Tehuacán Valley, and a multimedia display.Faith and family occupy a central place in Francisca’s world. One wall of the humble cinder block house she shares with her two youngest children is plastered with snapshots of family members and the familiar array of religious iconography found in the homes of many Mexican Catholics. A reproduction of The Last Supper, a painting of Jesus Christ wearing a crown of thorns, portraits of the Virgin Mary and Mexico’s patron saint, the Virgin of Guadalupe all bear silent witness to the fervent brand of Christianity that has seen Francisca through personal crises like the time her first husband walked out on her and the children she had borne him.
There is, however, one burden Francisca finds difficult to shoulder in her middle age: the physical absence of her 22-year-old son Florentino, who left San Marcos three years ago to look for work in Los Angeles. Untold numbers of young men flee the Mexican countryside each day in search of greener pastures in the country’s major cities and across the northern border with the United States. But when the subject of Florentino comes up in conversation Francisca, dressed primly in a dark blue dress with white buttons, cannot contain her emotions. “Many are leaving here because there is no work available,” says Francisca as she chokes back the tears. “I wish there was a source of employment so it would no longer be necessary for them to venture far away to bring in money for the family. It pains me to have a son living at such a great distance from home.”
A chronic scarcity of water lies at the root of the tough economic times facing San Marcos and other towns and villages scattered across the Tehuacán Valley. The local climate is semiarid, and the livelihood of the region’s subsistence farmers is largely dependent on plentiful rainfall. But when the rains don’t come as they have not, at least not in sufficient volumes, for the past two years many impoverished peasants must leave their plots of land and seek menial part-time jobs as construction workers in urban centers to supplement their meager incomes. While nearby pig and chicken farms belonging to major Mexican agribusiness companies satisfy their water needs by drilling costly deep wells that tap into underground aquifers, many small farmers in the valley are at the mercy of the elements. And of late the elements have been anything but merciful. “We have land, but owing to the lack of water you can’t work the land the way you’re supposed to,” says Estela Gamez Varillas, a 39-year-old neighbor of Francisca whose oldest son is contemplating his departure from San Marcos in the coming weeks. “The young men no longer want to work the land because the corn and bean fields just don’t produce the way they used to.”
Not everything about the present in San Marcos is worse than its receding past. When Francisca was a young girl, she had to trek vast distances to find drinking water and then lug it by hand back to her parents’ household. Most of the town’s inhabitants today have drinking water piped into their homes during certain hours of the day from three wells on the outskirts of San Marcos. But the distribution network is operated by electric pumps, and the failure of some residents to pay their electricity bills on a timely basis cut off the supply of drinking water earlier this winter. When we visited San Marcos in February, Guadalupe Dávila López was getting drinking water pumped into his home once a week for a mere two hours. To make up for the shortfall, Dávila had taken to buying 10,000-liter tanks of water that cost $35 each. Overnight, drinking water had become his second largest household expense after food.
And as we later learned, the water woes of the town did not end there. In 2004 alone, the water table beneath San Marcos fell by 26 centimeters because low levels of rainfall had failed to compensate for the steady extraction of groundwater. For the past five years the local sewage system has been discharging human waste into an open, litter-strewn ditch on the southern edge of town. The polluted water in the ditch has acquired a milky white color, and townspeople who live near the open sewer complain about the fetid stench that assaults their senses on a daily basis. Francisca Rosas and others worry that water from the open sewer could eventually foul the groundwater that feeds the town wells. “That’s a real concern for me because the wells aren’t very far from that ditch,” says Francisca. “Water is the most important foundation of all, and I fear that the town’s water supply will be polluted.”
La fe y la familia ocupan un lugar central en el mundo de Francisca. Una pared de la humilde casa de ladrillo que comparte con sus dos hijos más pequeños está repleta de fotografías de los miembros de la familia y la peculiar colección de imágenes religiosas que se encuentran en los hogares de muchos católicos mexicanos. Una reproducción de La Ultima Cena, una pintura de Jesucristo con la corona de espinas, retratos de la virgen María y la santa patrona de México, la virgen de GuadalupeÑtodos testigos mudos del ferviente cristianismo que ha visto atravesar a Francisca por crisis personales, como la vez en que su primer esposo la abandonó a ella y a los hijos que ella le había dado.
No obstante, hay una carga que a Francisca le cuesta trabajo llevar a su mediana edad: la ausencia de su hijo Florentino, de 22 años, quien se fue de San Marcos hace tres años para buscar trabajo en Los Angeles. Un incalculable número de jóvenes abandona el campo mexicano diariamente en busca de pastos más verdes en las principales ciudades del país y al otro lado de la frontera norte con Estados Unidos. Sin embargo, cuando el tema de Florentino sale en la conversación, Francisca, con un modesto vestido azul oscuro con botones blancos, no puede contener sus emociones. “Muchos se van de aquí porque no hay trabajo”, dice Francisca conteniendo las lágrimas. “Ojalá hubiera una fuente de empleo para que ya no necesitaran correr el riesgo de irse lejos a traer dinero para la familia. Me duele tener un hijo viviendo tan lejos de casa.”
Una escasez crónica de agua se encuentra en la raíz de la complicada época económica que enfrenta San Marcos y otras ciudades y poblados esparcidos por el valle de Tehuacán. El clima local es semiárido, y el medio de subsistencia de los campesinos de la región depende en gran medida de la lluvia abundante. Pero cuando las lluvias no lleganÑcomo ha sucedido, por lo menos no en volúmenes suficientes, durante los últimos dos añosÑmuchos campesinos empobrecidos tienen que abandonar sus parcelas de tierra y buscar trabajos humildes de medio tiempo como albañiles en centros urbanos para completar sus magros ingresos. Mientras las granjas cercanas de cerdos y pollos pertenecientes a importantes empresas de la agroindustria mexicana satisfacen sus necesidades de agua mediante la perforación de costosos pozos profundos que horadan en acuíferos subterráneos, muchos campesinos del valle están a merced de las fuerzas de la naturaleza. Y últimamente la naturaleza ha sido todo, menos misericordiosa. “Tenemos tierra, pero debido a la falta de agua no puedes trabajar la tierra como se supone”, dice Estela Gamez Varillas, de 39 años de edad, vecina de Francisca y cuyo hijo está pensando en irse de San Marcos en las próximas semanas. “Los jóvenes ya no quieren trabajar la tierra porque los campos de maíz y frijol simplemente ya no producen como antes.”
No todo en el presente de San Marcos es peor que su lejano pasado. Cuando Francisca era una jovencita, tenía que recorrer enormes distancias para encontrar agua potable y luego acarrearla hacia la casa de sus padres. Muchos de los habitantes del pueblo tienen en la actualidad agua potable que les llega entubada a sus casas durante ciertas horas del día proveniente de tres pozos en las afueras de San Marcos. Pero la red de distribución funciona mediante bombas eléctricas, y como algunos vecinos no pagaron sus recibos de luz a tiempo, se les suspendió el abastecimiento de agua potable antes en este invierno. Cuando visitamos San Marcos en febrero, Guadalupe Dávila López estaba consiguiendo que le bombearan agua potable a su casa una vez a la semana durante apenas dos horas. Para compensar el déficit, Dávila estaba comprando tanques de 10,000 litros de agua que cuestan $35 dólares cada uno. De la noche a la mañana, el agua potable se había convertido en el segundo gasto más grande de su casa después de la alimentación.
Y como nos enteramos después, los problemas de agua no terminaban ahí. Tan sólo en el 2004, el nivel freático en San Marcos se redujo 25 cm debido a que los bajos niveles de lluvia no habían logrado compensar la permanente extracción de agua subterránea. Durante los últimos cinco años, el sistema local de aguas negras ha estado descargando aguas fecales en una zanja abierta, llena de basura en el extremo sur del pueblo. El agua contaminada de la zanja adquirió un color blanco lechoso, y los lugareños que viven cerca de la cloaca abierta se quejan del fétido hedor que agrede sus sentidos todos los días. A Francisca Rosas y a otras personas les preocupa que el agua de la cloaca abierta pueda contaminar a la larga el agua del subsuelo que alimenta los pozos del pueblo. “Eso verdaderamente me preocupa porque los pozos no están muy lejos de esa zanja”, dice Francisca. “El agua es la base más importante de todo, y tengo miedo de que se contamine la fuente de abastecimiento de agua.”


